Con El Lobo, hasta contar baldosas era aprender.
Dejó huella en Laura Garrido, Product Owner de Educaria.
No recuerdo su nombre, pero todos le llamábamos “el Lobo”. Fue mi profesor de Ciencias, Física y Química y Matemáticas en 8º de E.G.B. —¿os acordáis de la E.G.B.?—, lo que hoy sería 2º de la ESO.
Le recuerdo especialmente porque era uno de esos profesores que conseguían captar nuestra atención y ganarse nuestro respeto. Sus clases eran amenas y divertidas y siempre encontraba la manera de mantenernos atentos y, sobre todo, de hacernos aprender.
Pero, sin duda, una de las cosas que más recuerdo eran sus peculiares castigos cuando alguno se pasaba de la raya. Podía mandarte bajar al patio y recitar a gritos la tabla periódica, o salir al pasillo y contar todas las baldosas, incluidas las que estaban cortadas o se veían solo a medias.
Ahora, con el paso de los años, recuerdo aquellas situaciones con una sonrisa, porque incluso sus castigos tenían algo de enseñanza. Creo que esa era precisamente su filosofía: lo importante no era regañarnos, sino enseñarnos. Aprovechaba cualquier situación para que aprendiéramos algo, siempre desde el respeto, despertar nuestra curiosidad y conseguir que aquello que nos enseñaba no se nos olvidara fácilmente.
Quizá por eso, tantos años después, aunque no recuerde su nombre, sí recuerdo perfectamente a “el Lobo» y su manera de enseñar.

Aprovechaba cualquier situación para que aprendiéramos algo, siempre desde el respeto, despertar nuestra curiosidad y conseguir que aquello que nos enseñaba no se nos olvidara fácilmente.

Ana María: la profe que me enseñó a leer… y a leerme.
Dejó huella en Albert Sánchez, Responsable de Excelencia de cliente
de Educaria.
Si cierro los ojos, todavía la oigo: «¡Buenos días!». Ana María era mi profe de Lengua en el Col·legi Salesià Sant Josep. Cada mañana entraba en clase con una sonrisa, un optimismo y una energía que desarmaban a cualquiera. Y eso tenía mucho mérito conmigo, porque a esa hora yo era más búho que alondra y funcionaba en estricto modo ahorro de energía.
Con ella, la literatura no se estudiaba: se vivía. Tenía una paciencia enorme para explicar y una pasión por la lectura tan contagiosa que se te pegaba sin darte cuenta. Convertía el texto más denso en una aventura y, al igual que Bastian en «La historia interminable», muchos terminábamos dentro de los libros casi sin saber cómo.
Pero lo que de verdad me marcó pasaba cuando sonaba el timbre. Ana María siempre encontraba tiempo para nosotros. Detectaba al instante cuándo alguien necesitaba algo más que una lección y se quedaba a charlar en el patio. Recuerdo una de esas conversaciones: me habló de aceptarme tal y como era, de quererme a mí mismo y de dar siempre mi mejor versión. Y me dijo una frase que se me quedó grabada: «Albert, tu, un dia, arribaràs a ser el que vulguis» (Albert, tú, un día, llegarás a ser lo que quieras). A mis 9 años, aquellas palabras valían mucho más que cualquier examen.
Me enseñó a leer libros, pero también a leerme a mí mismo.
Hoy trabajo en Educaria, rodeado de docentes cada día. Y cada vez que hablo con uno me acuerdo de lo mucho que pueden cambiar una vida un rato de escucha y una frase dicha a tiempo en el patio de un colegio.
Gracias, Ana María. Por tu sonrisa, por tu paciencia y por esas charlas. Sigo leyendo y sigo intentando convertirme en la persona de la que hablábamos.

A mis 9 años, aquellas palabras valían mucho más que cualquier examen.

Inés, la Maña: sabía cuánto podíamos dar.
Dejó huella en Sònia Pujol, Responsable de Instituciones Educativas
de Educaria.
Qué grande, Inés, «la Maña», del IES Canigó d’Almacelles (2001-2003). Nunca olvidaré a Inés Fernández, la profe de Matemáticas de Bachillerato. Era de Huesca y la llamábamos «la Maña». Era dura, durísima. Nos hizo trabajar y sufrir muchísimo… pero, madre mía, ¡cómo nos preparó para la universidad!
Llegué y hacía derivadas, integrales y matrices como quien hace la cama. Aprobé las Matemáticas de primero y segundo de la carrera con sus apuntes, aquellos con sus famosos «bolos gordos» para señalar lo importante. Valían oro y, en aquella época de fotocopias y copisterías, corrían por la universidad como la pólvora.
Recuerdo un trimestre en el que saqué un 8, un 8,5 y un 4. Y va la tía y me suspende. Fui a quejarme, convencida de que la media y las matemáticas me daban la razón. Y ella me dijo que ese 4 no era digno de mí: a recuperación, a sacar otro 8 o me volvía a suspender. Y que espabilara. Los criterios los ponía ella.
En aquel momento me sentó fatal. Hoy lo recuerdo con una sonrisa. Nos enseñó muchísimo, nos exigió porque sabía lo que podíamos dar y nos hizo mejores.

Qué grande, Inés. Las mejores bases de matemáticas que he tenido en mi vida te las debo a ti. Y gracias a ti, las sigo disfrutando hoy.










